Cada dos o tres lustros todos necesitamos elegir la peor cola del supermercado como bálsamo emocional. Como una noche de Halloween en la que mi prisa congénita me llevó a la señora de carro infinito, la misma que seleccionó cuidadosamente a su víctima más directa en esa dulce niña, cajera por error aquel día. Su plan era premeditado y malvado hasta el paroxismo, y no solo quiso el diablo señalarme el camino erróneo sino inocular en la mente de nuestra asesina de ilusiones que le llevaran la compra a domicilio, lo que requiere (como todos sabemos) un complejo formulario acompañado de un certificado de penales y pruebas de sangre para que la sana intención de Lucifer desemboque en un final inesperado pero necesario como es exigible en todo buen guión según Mckee.
Tras veinte minutos de reloj, dos infartos de miocardio y una muerte súbita reaccionada con el milagro de la resurrección pascual y tres tequilas, aquello (con forma de señora) cedió el turno a un muerto en vida que en tiempos remotos recordaba a mí. Maldito y condenado, pasé mis dos artículos por el escáner para, un minuto más tarde, verme tirado en la calle, bajo una lluvia imaginada, y completamente decidido a que el Altísimo me llevara lejos.
Me daba rabia que, al fin y al cabo, llegaras antes que yo a casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario