Ryszard Kapuscinski
Quizá
todo se reduzca a si nos conformamos con lo que hay, con quiénes somos, con las decisiones que tomamos, con las consecuencias de lo que hacemos. Así que decidme: ¿por qué escribo esto, si nadie lo va a leer? ¿Por qué quemar mi tiempo en un alegato inútil, si nadie prestará atención a mis palabras? ¿A quién quiero engañar, si puede que me equivoque?
Puedo enumerar algunos cambios que he adoptado en los últimos meses/años. Dejé de pagar un redesayuno laboral totalmente prescindible para colaborar con proyectos en los que quiero creer. No gasto calefacción. Trato de desempeñar las tareas de alto consumo eléctrico en franjas valle. Compro carne unas tres o cuatro veces al año. No tomo leche. Aplico todas las medidas que se me ocurren en el ahorro de agua. Prescindo gradualmente de todo medio de transporte privado y contaminante cuando tengo alternativa en autobús, tren, bicicleta o (la mejor de todas) yendo a pie. En los últimos dos años he adquirido tres o cuatro prendas de vestir, más de las que necesitaba (fácilmente extensible a toda mi vida). Intento reciclar envases, papel, orgánico, vidrio, baterías, aerosoles o electrónica de manera constante y siendo estricto en mi criterio. Evito el plástico (si es que eso se puede evitar). Huyo de los preparados. Soy moderado en el gasto, sobrio en mis constumbres e insensible a casi todos los caprichos. Amén.
Y me sé inmerso en una batalla perdida con todo esto. Lo veo a diario, en la calle, la oficina, en mi vida social. Nos da todo igual. Resulta complicado proyectar a largo plazo cuando el cole de los hijos, nuestro trabajo, la penúltima discusión o el ruido que inunda tu cabeza nos limita al cómo llegar a fin de mes o cuál será la próxima gilipollez que pagaré con tarjeta para saciar mi vacío. Miro aquí y allá, me fijo en mil detalles y no encuentro consuelo. Será que sólo veo lo malo. Seré, pues, un amargado.
Puedo enumerar algunos cambios que he adoptado en los últimos meses/años. Dejé de pagar un redesayuno laboral totalmente prescindible para colaborar con proyectos en los que quiero creer. No gasto calefacción. Trato de desempeñar las tareas de alto consumo eléctrico en franjas valle. Compro carne unas tres o cuatro veces al año. No tomo leche. Aplico todas las medidas que se me ocurren en el ahorro de agua. Prescindo gradualmente de todo medio de transporte privado y contaminante cuando tengo alternativa en autobús, tren, bicicleta o (la mejor de todas) yendo a pie. En los últimos dos años he adquirido tres o cuatro prendas de vestir, más de las que necesitaba (fácilmente extensible a toda mi vida). Intento reciclar envases, papel, orgánico, vidrio, baterías, aerosoles o electrónica de manera constante y siendo estricto en mi criterio. Evito el plástico (si es que eso se puede evitar). Huyo de los preparados. Soy moderado en el gasto, sobrio en mis constumbres e insensible a casi todos los caprichos. Amén.
Y me sé inmerso en una batalla perdida con todo esto. Lo veo a diario, en la calle, la oficina, en mi vida social. Nos da todo igual. Resulta complicado proyectar a largo plazo cuando el cole de los hijos, nuestro trabajo, la penúltima discusión o el ruido que inunda tu cabeza nos limita al cómo llegar a fin de mes o cuál será la próxima gilipollez que pagaré con tarjeta para saciar mi vacío. Miro aquí y allá, me fijo en mil detalles y no encuentro consuelo. Será que sólo veo lo malo. Seré, pues, un amargado.
Así que esto es, y media hora después sigo sin cambiar nada. Seguiré contradiciéndme a diario, dudando más que riendo y no haciendo ni la décima parte de lo que debería por mejorar mi realidad. No tengo a quien contar mi visión de las cosas, no guardo grandes ideas ni solución alguna nacerá de mi ingenio, así que me obligo a actuar desde mi rincón en el mundo con la única aspiración de ser coherente conmigo mismo: eso es todo. ¿Qué otra cosa puedo aspirar a ser?