Llevaba puesta la equipación del equipo de fútbol donde juega. Conducía el deportivo de juguete que probablemente le regalaron estas pasadas Navidades. Peinaba como tantos iconos del siglo XXI, rapado al lateral y flequillo ondulado al centro. Tenía ese aire altivo y ausente.
Pensé que, probablemente, nunca sería una niña con pene. Y lo juzgué, agradeciendo que no fuera hijo mío.