En los momentos más oscuros bien podría tener un relato que escribir que despierte la admiración y el consuelo ajenos, de esos basados en hechos reales, como la pérdida de un ser querido, un revés del destino que se superó a base de esfuerzo o similares. Pero no, mi historia es muy convencional, lo siento, y no saco nada de la mochila que os impresione. Solo ruido.
Y el ruido es ambiguo, necesitado siempre de un intérprete que lo transforme en palabras como si de un mago se tratara, con esa varita en madera de abedul que tantas veces he echado en falta. Me viene a la memoria aquella noche en un pueblo de nombre olvidado, cuando uno se queda al margen de la plaza central, al margen de la orquesta, envuelto en angustia y sin ningún instrumento que le permita contestar a un qué te pasa. La niñez es llanto y risa, o risa y llanto, o qué se yo.