Ojalá te quede tiempo para contarle a quien ya sabes tus historias. Nos nutrimos de ellas, al fin y al cabo, y nos ayudan a crecer como héroes sin capa ni antifaz, libres de pensamiento. (Ajenos a los hilos que mueven el mundo.)
Nadie entenderá eso que nos cuentas todos los años. Lo de los cinco céntimos y la naranja que recibías como regalo de Navidad siendo pequeño, y cómo lo primero (la perra chica) lo tenías que devolver al día siguiente, que había que comer. Nos faltará memoria, y puede que las ganas de tenerla.