domingo, 24 de abril de 2016

vale

Gracias al inexorable paso del tiempo, ese que pone a cada cual en su lugar, el año que viene ya no celebraremos, al menos en este bendito pueblo, el 400 aniversario de nada. No es que quiera ser yo siempre el primero en retirarse del baile o apagar el tocadiscos, pero nunca he llegado a entender que se celebre algo tan de todos como es morirse. Uno, llegado el momento, muere, sin más, y la vida sigue como hasta entonces, con partos y entierros en los que el o la protagonista se dejó el guion en casa. La vida es así.

Se suma la opinión de rotativos de creciente parcialidad, según los cuales los actos y homenajes en torno a Don Miguel y su obra son pobres, tardíos, inadecuados, previsibles o, en el mejor de los casos, escasos; y como ayer, entre el deber y el placer, fui testigo de ocasión de los fastos programados, puedo (a medias) hasta estar de acuerdo. 

Con todo esto sobre la mesa, una pregunta: ¿y? Sencilla, monosílaba. Del estilo de ¿qué? y ¿por? De las mías, en definitiva. Shakespeare diría: ¿so?, que también me vale. Dicho de otra manera, no reviste la importancia suficiente en mi búsqueda de la felicidad el número de petardos que soltaran anoche. O el pantone elegido en los gobos sobre la fachada del ayuntamiento. Ni mucho menos los watios de sonido del quiosco de la plaza. Soy ajeno al dolor y a la miseria. Si me pincháis, no sangro. Si me ultrajáis, no me vengaré... ¿O esto lo escribió el inglés? 

Sé que es cosa que suma en las encuestas decir que si leí Viaje al Parnaso entre la teta y los potitos, o aquello de ser quijotes luchando contra molinos de viento, pero no dejan de ser zarandajas de saldo y valor caduco, y mis canas piden ya sexo de más de un día y vino de cierto maridaje. Quienes pretender honrar el nombre del autor frente al piloto encendido de una cámara o bajo el calor de un editorial, suelen ser los mismos que, con la luz apagada, predican lo contrario a sus palabras porque saben que hasta el menos agraciado sale bien en una foto.

Parece que Cervantes, con su vida tan plena en desgracias, fracasos, derrotas y avatares, hizo de su necesidad virtud, y en sus escritos nos dejó un alegato por la libertad individual y contra una sociedad que creía corrompida. Parece lógico pensar, pues, que no encontraremos mejor honra a su figura que en la pelea por que eso cambie, ya sea abril o agosto, este año o hace dos, solos o con alguien que quiera escucharnos. Quién sabe si, como Sancho, quiera también acompañarnos.

Vale.

domingo, 3 de abril de 2016

copenhague

Era domingo y en el andén de Hackey Central aquella chica jugaba con la otra pareja a recordar lo que habían visto esos días: que si tal museo, o el famoso puente, quizá esa calle tan transitada... Llovía, y el cielo nublado dotaba a la ciudad de ese aire tan melancólico como mágico en Año Nuevo. Pensé que quizá no era la mejor época del año para que alguien viajara tantos kilómetros y ver a su hija, pero eran fechas especiales, supongo, de esas en las que la compañía se valora un poco más de lo estándar y la soledad pesa también por encima de nuestras posibilidades. 

La muchacha parecía feliz, y su actitud contrastaba con el gesto más contenido de sus padres. Me entretenía pensando que, tal vez, aquello no era lo que habían esperado para ella, forzada a emigrar y toda esa mierda que ya sabemos. Quizá se les atragantó un poco el cuarto que tenía alquilado, lo vieja que estaba la cocina, lo sucia y roída que estaba la moqueta, o la falta de un cuarto de estar donde... bueno, donde estar. Me pregunté qué pensarían cuando la chica les contara eso de que robaba de los bares el papel higiénico, que en Londres está muy caro, o aquella vez en que se la jugó y no pagó el billete para ahorrarse tres o cuatro libras. Pero a uno se le pasan muchas cosas mientras espera al tren, y es probable que me equivocase y que, oye, le va de puta madre cobrando algo digno por un trabajo relacionado con lo que quiso estudiar.

Al hilo de nuestra conversación. Recuerdos que afloran.


personajes secundarios

Aprendes a conformarte con las sobras. Con escuchar 'Army of one' mientras termina el render de cualquier vídeo. Con observar cómo los niños se balancean en el único columbio del parque y, al volver a mirar, comprobar que se han marchado. Sabes que nadie se acuerda de ti en este momento, mientras escribes, y aun así no te dejas hundir, por mucho que tropieces.

Nací con la suerte de ser vulgar y no llamar la atención de tus amigas durante un concierto, pero con todo puedo resultar un chico agradable. Al menos para un rato. Tu voz ya no eriza mi piel y tus mensajes ya no aceleran mi pulso. Tu recuerdo dolerá a otros, no a mí.

Quizá os obvie en mi epitafio.