Gracias al inexorable paso del tiempo, ese que pone a cada cual en su lugar, el año que viene ya no celebraremos, al menos en este bendito pueblo, el 400 aniversario de nada. No es que quiera ser yo siempre el primero en retirarse del baile o apagar el tocadiscos, pero nunca he llegado a entender que se celebre algo tan de todos como es morirse. Uno, llegado el momento, muere, sin más, y la vida sigue como hasta entonces, con partos y entierros en los que el o la protagonista se dejó el guion en casa. La vida es así.
Se suma la opinión de rotativos de creciente parcialidad, según los cuales los actos y homenajes en torno a Don Miguel y su obra son pobres, tardíos, inadecuados, previsibles o, en el mejor de los casos, escasos; y como ayer, entre el deber y el placer, fui testigo de ocasión de los fastos programados, puedo (a medias) hasta estar de acuerdo.
Con todo esto sobre la mesa, una pregunta: ¿y? Sencilla, monosílaba. Del estilo de ¿qué? y ¿por? De las mías, en definitiva. Shakespeare diría: ¿so?, que también me vale. Dicho de otra manera, no reviste la importancia suficiente en mi búsqueda de la felicidad el número de petardos que soltaran anoche. O el pantone elegido en los gobos sobre la fachada del ayuntamiento. Ni mucho menos los watios de sonido del quiosco de la plaza. Soy ajeno al dolor y a la miseria. Si me pincháis, no sangro. Si me ultrajáis, no me vengaré... ¿O esto lo escribió el inglés?
Sé que es cosa que suma en las encuestas decir que si leí Viaje al Parnaso entre la teta y los potitos, o aquello de ser quijotes luchando contra molinos de viento, pero no dejan de ser zarandajas de saldo y valor caduco, y mis canas piden ya sexo de más de un día y vino de cierto maridaje. Quienes pretender honrar el nombre del autor frente al piloto encendido de una cámara o bajo el calor de un editorial, suelen ser los mismos que, con la luz apagada, predican lo contrario a sus palabras porque saben que hasta el menos agraciado sale bien en una foto.
Parece que Cervantes, con su vida tan plena en desgracias, fracasos, derrotas y avatares, hizo de su necesidad virtud, y en sus escritos nos dejó un alegato por la libertad individual y contra una sociedad que creía corrompida. Parece lógico pensar, pues, que no encontraremos mejor honra a su figura que en la pelea por que eso cambie, ya sea abril o agosto, este año o hace dos, solos o con alguien que quiera escucharnos. Quién sabe si, como Sancho, quiera también acompañarnos.
Vale.