Según el INE más de 42.000 españoles dejaron el país entre enero y junio de este año, pero como hasta las palabras también mienten diremos que es movilidad exterior, como gusta decir a algunos, y dormiremos más tranquilos.
Porque el miedo no reside en decir adiós a alguien sino en la posibilidad de no volver a decir hola, y con esto es complicado levantarse cada mañana, mirar al reloj y decidirse a poner el mismo pie sobre la misma alfombra de todos los días. Uno quizás encuentra más trampas en su camino a la felicidad cuando es consciente de tantas y tantas cosas que se hacen mal a su alrededor, y en su sensación tan desbordante de pequeñez para poder cambiar algo. Ojalá pudiéramos vivir al margen, sin más, y centrarnos en nosotros mismos: todo sería más fácil, pero solo eso.
Decir hola, hacerle entender que sería bonito poder reír juntos de nuevo y escribirle por vez penúltima que fue duro verle marchar, pero que aún hay esperanza para que, entre todos, dejemos migas de pan en el camino, a ver si vuelve. Si quiere.
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