Tú también lo conoces.
Has leído su texto, aburrido y predecible, que le convierte en alguien vulgar, en un don nadie que, puede, sea olvidado antes de morir, como tantas películas del montón. Te dijeron, como a mí, que en la forma es anodino, que en el fondo prescindible, que algo no tuvo que hacer bien. (Que así le va.)
Sabrás, entiendo, de su paréntesis. De aquella oportunidad perdida. De ese tren que, por razones que a ti y a mí se nos escapan, no quiso dejar escapar. (De lo feliz que fue en el trayecto.) Y que ahora le causa pavor abrir de nuevo un anexo en su vida y atreverse a ser libre en lo que quiera escribir dentro.
Toda pausa termina, y deja abierto el camino al después, que es lo mismo de antes: un terreno de sobra conocido. Lo diferente eres tú. Lo cambiado.
Se pensará, pues, dos veces si emplear de nuevo el signo, esa curva traicionera que le llevó a lo importante, a lo aclaratorio, hacia lo mejor de sí mismo; esa rampa de partida que te permite huir del pasado y comenzar algo distinto y trascendente. Él se lo buscó: sólo un loco se atreve a escribir sobre blanco estos días sin pensar en el signo contrario, ese que te devuelve al lodo con menos ganas, más vivido y más cansado. No sé si mejor.
gRaNd3!
ResponderEliminar