Y hablábamos hace un rato sobre lo mundano, de las bondades del matrimonio (a pesar de que cada día se rompen siete de cada diez), las deficiencias en la Administración y, en general, de cómo deberían ser las cosas. Surgía esto de las verdades que yacen ocultas dentro de uno mismo y que cuando menos te lo esperas se manifiestan como una gran bofetada. De eso, creo, sabemos todos un rato. Nuestro cuerpo y nuestra mente se empeñan en contarnos sus secretos a cuentagotas y, canallas ambos, esperan a que se nos ponga a prueba para reírse en nuestras caras y gritarnos: "¿Mi dueño? ¡JA! Tu dueño soy yo". Porque todo cuanto hacemos y pensamos es entreno para futuros, y como nadie aterrizó enseñado, al menos corre por nuestra cuenta el educar a ese ínfimo porcentaje de lo que no viene en el ADN para que compense un poquito nuestras muchas taras. A menudo basta con conocer los límites y, llegado el caso, saber apartarse para no estorbar.
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