Oía hablar por la radio sobre un estudio publicado, creo, en 2013 sobre el volumen de alimentos que desperdiciamos en España. Puede que se refiriera, por las cifras que escuché, a lo que se describe en este enlace, que cada cual puede leer y que, a mí personalmente, me resulta aterrador.
No se trata de predicar con un discurso buenista ni de señalar al otro como el enemigo, pero pocas veces somos conscientes del poder que encierran todas y cada una de nuestras decisiones en lo que se refiere a interactuar con nuestro entorno más inmediato. Tal vez muchos de nosotros no tiene el tiempo, las ganas o los arrestos para sacrificar unas horas de su tiempo, unos euros de su bolsillo o un mínimo esfuerzo para colaborar en propuestas de voluntariado o recogida de ropa/alimentos/espuma de afeitar y demás mierdas. No es necesario, siquiera, declararse en rebeldía y mandar a tomar por culo a quien pone trabas para el auto-abastecimiento energético a través de energías renovables, sigue fomentando el transporte privado basado en combustibles fósiles o se toma a la torera la protección de costas. Podéis, incluso, seguir comprando en cadenas que sostienen la explotación infantil, o yendo a cenar basura bajo un marketing que dispara con flecha a nuestro corazoncito más sensible.
No os pido ser proactivos. (Yo sólo lo soy del 1 al 3 de cada mes y el resto de días me hago el armadillo.)
Con tomar un mínimo de conciencia se da un primer paso. Con pararse un segundo a pensar que detalles tan del día a día como tirar un papel o un envase a su contenedor correspondiente, dosificar la ración de lo que comes para que no sobre, ver qué te hace realmente falta para así planificar la compra, reutilizar lo que se puede o no dejar encendido aquello que no se utiliza (entre mil otras microacciones), ya nos podemos empezar a poner medallas. Nos cuesta horrores mirar más allá de nuestra comodidad, y eso nos hace egoístas y, apostaría, peores personas. Y especial responsabilidad tienen, si cabe, aquellos que son padres, por no pensar en el ejemplo que dan y el legado que dejan a los que han querido traer a este mundo.
Con tomar un mínimo de conciencia se da un primer paso. Con pararse un segundo a pensar que detalles tan del día a día como tirar un papel o un envase a su contenedor correspondiente, dosificar la ración de lo que comes para que no sobre, ver qué te hace realmente falta para así planificar la compra, reutilizar lo que se puede o no dejar encendido aquello que no se utiliza (entre mil otras microacciones), ya nos podemos empezar a poner medallas. Nos cuesta horrores mirar más allá de nuestra comodidad, y eso nos hace egoístas y, apostaría, peores personas. Y especial responsabilidad tienen, si cabe, aquellos que son padres, por no pensar en el ejemplo que dan y el legado que dejan a los que han querido traer a este mundo.
Meto a todos en el saco, porque es un problema de todos. Lo que más observo en cuantos me rodean es un listado infinito de comportamientos que denotan lo mucho que les suda tres pares estas cosas. Son muchos años ya, y a menudo me he preguntado si no será aquello de que me fijo únicamente en lo malo. Y sí pero poco, porque tengo una tendencia innata a identificar la paja en el ojo ajeno con relativa claridad, pero mucho me temo que ni mi juicio ni mi memoria me engañan aquí. Todo esto no les convierte (no nos convierte, por supuesto me incluyo) en asesinos, porque probablemente muchos de ellos no se hayan decidido a dar ese primer pasito, aquello de la toma de conciencia, pero de nada o poco sirve aliviarla donando puntualmente a Caritas o pagando una entrada por una buena causa si luego, cada momento de cada día de cada año que vivimos de prestado, nos resbala el impacto negativo (muchas veces inevitable) que ejercemos con nuestro nulo compromiso hacia todo aquello (tenga nombre y apellidos o no) que nos rodea.

No hay comentarios:
Publicar un comentario