Siempre me ha llamado la atención cuando alguien me reconoce 10, 15 ó 20 años después ubicándome en su mismo colegio, o barrio, o como amigo de Menganito. Será que el pelo (por exceso o por defecto) y las arrugas no han hecho aún suficiente mella y el pueblo llano identifica en mí a a aquel chiquillo tan bonico y resalao que caminaba como si le fueran a robar el bocadillo a todas horas. Sí, amigos, lo sé... sigo siendo el mismo: mi humildad y mi nariz me preceden.
Otros se acercan y te saludan como si fuera tu vecino de enfrente, individu@s con quienes probablemente no hayas coincidido ni en los baños de cada bar de moda (o eso crees) porque no te suenan ni bajo hipnosis. Lo segundo que te preguntas (lo primero es si le devuelves el saludo, cosa que terminas haciendo por educación) es si eres tú o tu after shave, que os vuelve loc@s, pero lo descartas al instante (no usas), por lo que solo quedan dos opciones: hacértelo mirar o admitir definitivamente que tu cara es simple y llanamente "vulgar". De esas que un preescolar dibujaría por intuición y que valen tanto para un roto como para un descosío. Insulsa, sin gracia. Simple, chusca, desabrida, estándar, insuficiente. Poca cosa. Un Mr. Potato al cual añadir complementos para formar la imagen del amigo del amigo del amigo al cual tanto te pareces madre mía y oh my gosh.
Y sí, mi cabeza hace lustros que filtra demasiado la información y elige quedarse con chorradas y datos irrelevantes, pero encuentro parte de verdad en lo otro. Será, pues, que la vida ya no se proyecta en blanco y negro y la suma aditiva de tres colores primarios conforma todo el espectro visible.
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