sábado, 8 de noviembre de 2014

berlín

Aterricé en Berlín de noche. No confiaba en encontrar nada barato a esas horas, así que me limité a coger un autobús hacia una estación de tren bastante grande y relativamente céntrica con la esperanza de quedarme dormido en alguna esquina. La suerte, sin embargo, estuvo de mi lado, y frente a la Bahnhof había un albergue moderno con camas desde 10€. Sería medianoche cuando hice el check-in. 

Al día siguiente anduve fácilmente entre 15 y 20 km por toda la ciudad. Atravesé el Tiergarten y crucé por la Puerta de Brandenburgo hacia el antiguo Berlín este y media vuelta. Sobre las siete de la tarde, roto y hambriento, me tumbé a descansar unos minutos en mi litera. Salí a tomar una cerveza y algo de comer, y con mi nulo alemán y algo de inglés creí pedir claramente ambas cosas en un curioso local por allí cerca. La camarera, sin embargo, no lo creyó así y solo me trajo la bebida, por lo que tras una larga espera comprendí que esa sería mi cena y, agotado por el día, no me preocupé en volver a pedir y sí a disfrutar de la primera Ale en aquellas dos semanas de viaje.

Hay unos 70.000 globos repartidos a lo largo de parte del trazado del antiguo muro que dividió físicamente la capital de Alemania en dos durante cerca de treinta años, y como rezaba la foto que compartí no hace mucho en las redes sociales, existen demasiados muros para un mundo tan pequeño. No parece lo más inteligente, pues, que además levantemos los nuestros.

Mañana, en el 25 aniversario de su caída, soltarán esos globos, y sería bonito estar ahí para verlo. Mañana también, o cualquier día, se revela como el momento adecuado para empezar a derribar los propios. Solo así seremos también capaces de celebrarlo.

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