Puede que el tenista tuviera razón en eso
de que las nuevas generaciones vienen con todo resuelto y sin un espíritu de
lucha al cual apelar en los momentos más complicados. Al fin y al cabo, el
mismo discurso se ha venido repitiendo durante las últimas décadas, desde el
momento en que nuestros abuelos encarnaron a una juventud perdida, nuestros
padres a una rebelde y nosotros a una malcriada.
Dios (who exists no more) no quiera que nos
quiten la tarifa de datos o la paga mensual, porque aunque siempre nos quedaría
beber de alguna wifi abierta o poner sonrisa falsa, una súbita y amarga
sensación de falta de recursos nos amenazará en las frías noches de invierno en
forma de pesadilla recurrente. Lo veo en los egresados (decenas de chavales
altamente cualificados con idiomas y carrera de conservatorio cuya siguiente
parada es el paro porque nadie les explicó la alternativa) e intuyo esa extraña
mezcla entre conformismo y capricho de la que tantos hacen gala, creyéndose más
por su fondo de armario y mejores por ser hijos de una vida fácil.
Un servidor se reconoce entre ellos y a
ratos recuerda los viejos tiempos de ostracismo y sacrificio. Sin duda hay
restos de aquello en mi carácter taciturno y gris, y es por ello no pido a
quienes costeen mi jubilación (o no) que sigan mi ejemplo y sí que vivan sus irrepetibles
minutos como si no hubiera un mañana. Miraos en Felipe Juan Froilán y seguid su
camino: nadie dijo que fuera fácil tener que emigrar tan joven porque el mundo
(y la ESO en particular) te dé la espalda.
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