lunes, 22 de septiembre de 2014

la zona de confort

Puede que el tenista tuviera razón en eso de que las nuevas generaciones vienen con todo resuelto y sin un espíritu de lucha al cual apelar en los momentos más complicados. Al fin y al cabo, el mismo discurso se ha venido repitiendo durante las últimas décadas, desde el momento en que nuestros abuelos encarnaron a una juventud perdida, nuestros padres a una rebelde y nosotros a una malcriada.

Dios (who exists no more) no quiera que nos quiten la tarifa de datos o la paga mensual, porque aunque siempre nos quedaría beber de alguna wifi abierta o poner sonrisa falsa, una súbita y amarga sensación de falta de recursos nos amenazará en las frías noches de invierno en forma de pesadilla recurrente. Lo veo en los egresados (decenas de chavales altamente cualificados con idiomas y carrera de conservatorio cuya siguiente parada es el paro porque nadie les explicó la alternativa) e intuyo esa extraña mezcla entre conformismo y capricho de la que tantos hacen gala, creyéndose más por su fondo de armario y mejores por ser hijos de una vida fácil.

Un servidor se reconoce entre ellos y a ratos recuerda los viejos tiempos de ostracismo y sacrificio. Sin duda hay restos de aquello en mi carácter taciturno y gris, y es por ello no pido a quienes costeen mi jubilación (o no) que sigan mi ejemplo y sí que vivan sus irrepetibles minutos como si no hubiera un mañana. Miraos en Felipe Juan Froilán y seguid su camino: nadie dijo que fuera fácil tener que emigrar tan joven porque el mundo (y la ESO en particular) te dé la espalda.

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