Mujeres (pero también hombres) se apelotonan en corrillo frente a la puerta diez minutos antes de la hora para desgranar sus vacaciones cortas e insuficientes y lamentarse por el trabajo arduo y alienante que les espera. La imagen se repetirá a lo largo de estos días, y quizá se prolongue hasta bien entrado el otoño sujeta a pequeños matices como el tema de conversación y el número de prendas a vestir. Las manos sostienen cartones del café casi llenos de sellos mientras apuran el último suspiro de un latte macchiato. Cruzo invisible entre ellas y me fijo en detalles inconexos que poco aportan a la narración. Todavía se intuyen los ecos de un verano de calor espeso y noches cada vez más largas, y en mitad de la plaza un tipo ajeno a todo este cuchicheo que estira lentamente presto a salir a correr. Tal vez esté por encima de todos nosotros.
Aquí eso no pasa.
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