Sé que no dar con la explicación adecuada a lo que sucede es frustrante: ser respondido con evasivas y sentencias vacías mientras sabes (y no quieres aceptar) que el interlocutor se aleja cada vez más a cada minuto consumido, huyendo de ti hacia no sabes muy bien dónde.
Sabéis, como yo, que no solo es más fácil decir adiós que oírlo, sino también más ventajista. Y de repente te ves maltragando esa palabra que sabe a losa, decepción y olvido, y tu cerebro (que ahora no es tuyo) pone en marcha toda su maquinaria en la búsqueda de argumentos y contraofertas que hagan recapacitar al contrario, en una batalla perdida que nunca sabrás si se podía haber evitado.
La bofetada es dolorosa y te reubica en una realidad que intuías falsa pero a la que nunca tuviste agallas de quitarle el velo. Tus pilares se resquebrajan y en plena caída libre eres consciente de que nunca se previó una red que amortiguara el golpe. El otro te observa disimulando inútilmente una sonrisa, fiel a ese principio de acción reacción, consciente del abismo y sabedor de su victoria.
Sabe que el telón sigue arriba tras esa despedida, y aunque todavía se le acelera el pulso al recordar el salto a escena, mantiene su apuesta por el giro de guion.
(Aprendió a gustar de cambios continuos, necesarios para no perder el interés.)
gRaNd3
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