Hace unas semanas, Pablo perdió la vida al mediar en una pelea a la puerta de una discoteca. Esa noche estaba celebrando su cumpleaños y le tocó a él, como tantas veces nos toca al resto, coincidir en tiempo y lugar con la sinrazón de terceros. Esto funciona así.
El chico, que tenía solo 22 años, ya se había ganado el rol de superhéroe con solo 5, cuando donó médula a su hermano y prolongó con ese gesto la vida de este un ratito más, lo que mola mucho y suma puntos en las puertas del Cielo. Pablo era así, un imbécil empeñado en dejar huella, y para colmo su familia autorizó la donación de sus órganos tras confirmarse su fallecimiento: una guinda en toda regla.
Me atrevería a decir que ninguna calle, plaza o papelera llevará el nombre de este chico sin apellido. Al fin y al cabo, ni él era skater ni el agresor yihadista. Y no me parece mal, al fin y al cabo todo Superman necesita de una Lois Lane que escriba loas a su nombre, y en tiempos como estos es lícita la búsqueda de referentes morales ante la escasez de candidatos.
Recuerdo la portada de un diario deportivo donde etiquetaban a unos jugadores como los amos del universo, y con esa misma autoridad mal ejercida nos atrevemos a confundir una víctima con héroe. No sé, todo es confuso. Tal vez nos fuera mejor con menos misas y títulos póstumos, sin tanto muerto y con más Ignacios vivos.
Mañana, ante cualquier otra injusticia, volveremos a dar la espalda. Perderemos la opción a capa pero seguiremos respirando. Y nada habrá cambiado.

gRand3
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