Al levantar la mirada ya estaba ahí, surgida de la nada y sin haber hecho el menor ruido, o al menos uno lo suficientemente audible para llamar mi atención. Leía sobre las ideas geniales, en una de esas revistas que voy acumulando en los estantes por falta de autodisciplina para ponerme con ellas. Una vez descubierta (la langosta), a escasos dos metros de mi posición, resolví seguir a lo mío y leer como si nada, si bien es cierto (he de confesar) que cada poco la observaba con el rabillo del ojo para evaluar si seguía en la misma posición. Tenía (si no recuerdo mal) la mitad delantera de su cuerpo sobre una baldosa de mi terraza y la trasera en otra, y esa simple simetría me hacía saber si se movía o no. Permaneció así... no sé, ¿veinte minutos? Tal vez miraba a la luna llena, que enorme, rojiza y hermosa despegaba junto a Los Santos de la Humosa queriendo engullir lo que quedaba del día. Seguía con el artículo y las alusiones a eso que llaman "pensamiento lateral" y ondas gamma que aumentan en nuestro cerebro instantes antes de gritar Eureka. Pensaba que, en otro momento, bien podría haber tratado de ahuyentar al ortóptero movido fundamentalmente por mi asco hacia estos bichos, pero la calma reinaba con toda su autoridad en ese momento: las hormigas transitaban ajenas por entre la hierbabuena, la luz del atardecer era fantástica y el silencio invitaba a la reflexión. ¿Quién era yo para alterar nada sin motivo alguno? Irónicamente, estaba terminando el artículo con el décimo consejo para fortalecer mi creatividad ("trata de ser feliz") cuando un sonido seco similar al de hoja rota volvió a distraerme. La langosta había desaparecido tan rápido como quiso venir, solo que esta vez decidió despedirse. Quizá agradecida, quizá indiferente, me dio un último susto al revolverse entre las flores de otro tiesto en el momento en que abandonaba la lectura y regresaba al interior. "Esto no acaba aquí", pensaría el animal, por lo que dejo fiel testimonio en estas lineas de lo acontecido hace escasamente unos minutos. Hoy no dormiré aquí. Quién sabe si mañana, a mi regreso, escribamos otro capítulo en una historia de amor que, sin duda, no ha hecho más que empezar.
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